Cuando llevamos el significado de la palabra “creer” al plano espiritual, resulta de suma importancia meditar en la respuesta a las siguientes preguntas: ¿en qué creemos? ¿a quién creemos? ¿Por qué creemos? Y ¿para qué creemos?; ya que muchas veces escuchamos personas e incluso hermanos con distintas inclinaciones en cuanto a su creencia en Dios, merece la pena entonces hacer memoria a lo que nos dice el Señor en la misiva a los Filipenses 2:13 “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” Es apenas coherente que aquel que produce en nosotros ese deseo, sea entonces el pilar o la simiente en la cual ponemos con devoción nuestra alma, mente y corazón.
Esto nos invita a prestar atención hacia donde estamos proyectando nuestra mirada, porque puede pasar que en ese proceso de acercamiento con nuestro Señor Jesucristo, nos cruzamos con personas de innumerables cualidades (amor, paciencia y humildad) las cuales resulta difícil encontrar, pero cuando parece que las hemos hallado, terminamos decepcionados y en muchas ocasiones ofendidos porque no somos mas que eso; simples seres humanos destinados a cometer un sin número de errores por nuestra naturaleza, la cual nos limita a actuar por impulso o llevados por sentimentalismos.
Sin embargo, esto no quiere decir que seamos insensibles, el asunto es que esa sensibilidad esta siendo puesta en el horizonte equivocado; deberíamos mas bien enfocarnos en Aquel que un día entrego todo por nosotros y disponernos a su servicio para hacer lo que fuere necesario e ir donde corresponda ir.
En este sentido, podemos ver que en el libro de Mateo 22:37-40 37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. 38 Este es el primero y grande mandamiento. 39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. La palabra amor guarda una estrecha relación con el hecho de creer, ya que cuando una persona dice amar a otra es porque en realidad se siente confiada al estar cerca de esa otra persona, de la misma manera en que cree en sus palabras y acciones porque parece que jamás la defraudará, pero, sabemos que por nuestra naturaleza estamos predestinados a cometer errores que por muy pequeños e insignificantes que parezcan, terminan tocando la sensibilidad del otro, al punto de causar heridas que pueden llevarla a tomar decisiones que atenten contra su integridad, sin embargo, cuando creemos en Aquel cuyo nombre es sobre todo nombre, podemos estar seguros que no seremos defraudados porque el Señor prometió estar con nosotros todos los días de nuestra vida. (San Mateo 28:20).
Esto nos hace pensar en la gran cantidad de atributos que podemos encontrar en un amigo como el Señor Jesús, porque más que nuestro Padre y Señor, Él quiere ser nuestro amigo, pero no cualquier amigo, porque a lo largo de esta travesía conocemos muchas personas que aparentemente son nuestros amigos, pero que están ausentes en los momentos de dificultad que es donde mas los necesitas, porque en las buenas cualquiera puede estar a tu lado, pero en medio de las dificultades es donde notamos la importancia de creer y confiar en amigos como el Señor Jesús.
Con amigos de ese tipo, sabemos entonces que si correspondemos de la misma manera no padeceremos aflicción alguna, por el contrario, viviremos confiados que tenemos a alguien que nos acompaña a donde vayamos y que está siempre procurando por nuestro bienestar a pesar de que muchas veces tropecemos, también nos dará la mano para levantarnos y seguir adelante porque inevitablemente vamos a sufrir, pero sabemos que Dios está siempre con nosotros abriendo caminos de bendición a nuestro favor.
Solamente cuando estamos tocando fondo encontramos ese punto de inflexión que nos mueve a mirar las cosas desde otra perspectiva y acudir a la presencia del Señor para humillarnos y dejar a un lado cualquier prejuicio, con la única intención de responder a un llamado y atender diligentemente un propósito que está marcado en nuestra vida desde mucho antes de nacer; aunque muchos no comprendan, para nosotros representa la plenitud y el significado de una felicidad que no se puede explicar con palabras. (Oseas 11:4).
Suena lógico entonces el
hecho de que el creer en Dios y el creerle a Dios son puestos a prueba en el
obrar de la persona (2 Corintios 5:17), pues cuando alguien ha nacido de nuevo
ha de mostrar los frutos del amor de Dios engendrado en él, es así como en
Gálatas 6: 9-10 No nos cansemos, pues, de hacer bien;
porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así
que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la
familia de la fe. Encontramos un consejo estrechamente ligado con las manifestaciones
de amor del creyente, pues ya no se preocupa solamente por él ni por decir que
ama, sino que lo demuestra con obras porque las palabras se las lleva el
viento, pero lo que hacemos perdura para siempre en el corazón siempre y cuando
sea agradable a Dios.


